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La noche en que Godspeed You! Black Emperor nos hizo creer en Dios

Hacía ya más de 20 años que Efrim Menuck y compañía iniciaron una de las bandas más controversiales y oscuras que Canadá ha podido darle al mundo. Godspeed You! Black Emperor es descrito por la prensa como un colectivo poco social, atípico, con inclinaciones anarquistas y apolítico, un proyecto peleado con los cánones que establece la industria musical como hoy en día la concebimos. Pero sobre todo, que se ha mantenido firme a sus ideales desde su comienzo hasta ahora.

Este año será recordado en México con quizá el primero en que el post-rock hizo una monumental aparición en el país donde, además de tener por primera vez a distintas bandas del género que nunca habían tocado antes o algunas regresaron después de años de haberse presentado, pero lo más increíble (personalmente hablando), Godspeed You! Black Emperor, pilares del género y que lo trascienden al fin visitaron nuestras tierras.

Sus presentaciones estuvieron a punto de ser canceladas por los sucesos que azotaron al país durante el 19s, sin embargo los promotores tanto de Guadalajara y CDMX no quitaron el dedo del renglón y reagendaron sus conciertos en ambas ciudades para la mitad de diciembre.

Fue así como el pasado 13 y 14 de diciembre dieron conciertos que no podemos describir de otra manera que ¡épicos! En el Sala Corona y el C3 Stage, el primero como apertura de las actividades que el Festival Aural presentaría durante ese fin de semana y el segundo un show memorable y acogedor junto a los mexicanos Vyctoria, a quienes el mismísimo Efrim les produjo este año su álbum Ahora veo más claro.

A partir de aquí, debo aclarar, que empieza la reseña del concierto de un muy grande fan de la banda, así que la mayoría sino es que todas las opiniones son completamente personales y con una amor ciego a la banda, dispense usté.

Carlos Marks y Tajak, ambas bandas mexicanas, hicieron bien su chamba para calentar motores la primera noche y darle paso a los canadienses a deleitarnos con tracks de su nuevo álbum Luciferian Towers y un par más de tracks aislados. Por un lado es de celebrar ver que bandas que en algún momento tuviste en tus festivales, le abran a bandas que admiras sobremanera. Hablo precisamente de Tajak, quienes estuvieron en el Friendstival del 2016 y aunque no tuve oportunidad de verlos en este show, los comentarios que se escuchaban entre bandas eran bastante buenos.

La magia de GY!BE comienza desde los primeros sampleos y ruido blanco que suenan antes de que todos suban al escenario, casi cinco minutos o más de sonidos en lo que Sophie Trudeau toma su violín y empieza a agregar más capas. Pronto los demás miembros van tomando su instrumento; es impresionante cómo le van dando forma a sus melodías uno a uno, cómo el bajo, las guitarras, percusiones, violín y batería se van uniendo en una pangea sonora.

Algo que esperas como buen fan, es que toquen alguno de los tracks que más te hacen vibrar, personalmente tenía una tonta expectativa de escuchar algo del Yanqui U.X.O, mi álbum favorito, o “Sleep” o ya mínimo “Storm” del Lift Your Skinny Fists… “East Hastings” era evidentemente la más esperada por todos… tampoco pasó. Pero bueno, no corrimos con tanta suerte, y era de esperarse, ya que los shows que han estado dando durante el año siguen una línea y están estructurados para tocar el nuevo álbum de principio a fin con un par de tracks extras, lo cual se disfrutó bastante y en realidad pudimos prescindir de cualquier “hit”, pues GY!BE no es una banda de hits ni una banda complaciente, es lo que hay y como quiera lo vas a disfrutar.

Dicho esto, lo que presenciamos en ambos shows fue una experiencia religiosa, si pudiese decir que en algún momento estuve tan cerca de dios fue durante la hora y treinta minutos de concierto que nos brindaron estos canadienses. Era como una experiencia religiosa, o un ritual, satánico o religioso, da igual. La forma en que la que están acomodados en el escenario es un círculo, la mayoría sentados y algunos de pie, como si de una secta se tratase y estuviesen llevando a cabo algún rito.

El público sabe qué onda, mantenerse callado es la primicia, y si alguien habla o grita, nomás hazle “shhhh”, que deje disfrutar y agarran el pedo. Algunos no podían contener la excitación y dejaban que las lágrimas recorrieran su rostro, otros se aferraban a su pareja, mientras algunos más levantaban sus puños o manos cual encuentro espiritual. Yo sólo ponía un poco de atención a la ejecución de cada miembro al principio de cada track, veía como la palabra “HOPE” se proyectaba y cerraba mis ojos para que mi cuerpo se dejara llevar por la música a lo largo y ancho de cada canción. Me mecía al ritmo de la batería, a veces de la guitarra, mi cuerpo ya no era mío, le pertenecía a los ocho cabrones que estaban en frente y que lo movían a placer a través de sus instrumentos. No había necesidad de abrir los ojos, sabías que estaban ahí, como un ente, la música traspasaba la barrera sonora y se convertía en algo sensorial, que escuchabas en tus oídos, pero sentías en la piel, retumbaba en tu pecho y te revolvía el estómago.

Los tracks de GY!BE son esencialmente largos, con una estructura bien trabajada, que va en crescendo, desde pequeños sonidos de violín y/o guitarra hasta un estruendoso orquestal donde todos y cada uno de los instrumentos suenan al mismo tiempo, tocando las mismas notas, pero lo más interesante está, en que, por más fuerte, por más estruendoso, puedes apreciar todos y cada uno de los detalles de cada ejecución, aplausos para el ingeniero de sonido.

El segundo día tuve más oportunidad de abrir los ojos y apreciar el discurso político que la banda representa en sus proyecciones en imágenes de guerra, encuentros violentos en la calle, mitines, marchas y una fascinación por los trenes. Todo esto proyectado en dos pantallas y jugando con colores en vivo que le daban una tonalidad al escenario ad hoc para lo que estaba sonando. En algún momento nos sentimos en 28 days later cuando el escenario se tiñó de rojo y la música sonaba tan fuerte que los tapones para los oídos ya no sirvieron de nada.

La oscuridad y misticismo de la banda es igual de sublime, ni una sola maldita palabra, cero, ellos suben y a lo que van: a tocar. No hay necesidad de interactuar, el público sabe a lo que viene y tampoco está a expensas de recibir ni un “gracias”. Por el contrario cada que terminaban un movimiento los elogios no se dejaban esperar, “son unos putos genios”, gritos de júbilo y aplausos acelerados era lo que la banda recibía con exaltación, ellos por su parte a lo mucho asentían con la cabeza.

La ejecución: impecable. Un amigo que tiene una increíble banda llamada The Polar Dream, me decía al final del concierto: “te juro que yo no puedo hacer sonar una guitarra de esa manera, todo suena tan fino, hasta te hace sentir como calientito”. Y es que cada miembro es uno con su instrumento, se dejan llevar, cierran los ojos, se entregan tanto a él como pocos músicos lo hacen y el resultado es un deleite para el oído. El tocar Luciferian Towers de principio a fin también fue un gran acierto, ya a medio concierto sentíamos el cerebro un tanto revuelto, nuestro cuerpo apenas y se mantenía en pie y todavía faltaba lo mejor.

El final no pudo ser mejor, tenemos dos canciones de su primer EP Slow Riot for New Zero Kanada, “Moya” y “BBF3”. Al final de “BBF3”, el estruendo en nuestros oídos nos ponía la piel chinita, éramos uno con Godspeed y su música, ellos nos guíaban por el mar rojo y nosotros como buenos fieles nos dejábamos ir como gorda en tobogán. No había nada que nos impidiera comunicarnos, el lenguaje musical en su máxima expresión, el llanto no cesaba, los rostros fascinados e incrédulos de lo que nuestros ojos y oídos después de tantos años al fin estaban presenciando. Los gritos de júbilo se mezclaban con los sonidos agudos que salían del violín y las guitarras, la batería y el bajo eran una marcha de 100,000 personas peleando por sus derechos en cada país del mundo, era una bomba atómica cayendo en Hiroshima, La planta nuclear de Chernobyl explotando, las Torres Gemelas desplomándose durante el 9/11, eran la guerra fría, los errores humanos representados en sonidos, sin palabras, era tu corazón queriéndose salir del pecho, era tu cabeza explotando, tu conciencia diciéndote que sí existe un ser supremo , que creas, Godspeed You! Black Emperor está ahí y es real.

En el segundo show, en Guadalajara, viví esto pero bajo la influencia del LSD, nomás dense una idea.