Los rostros deformados de Francis Bacon #JuevesCultural

 

Bacon. After Muybridge. Editions.900

 

Francis Bacon fue un pintor caracterizado por sus escandalosos retratos, los cuales cruzan la línea entre lo figurativo y lo abstracto. Él nació en 1992 y vivió en Londres la mayoría de su vida, pero por la Primera Guerra Mundial tuvo que desalojar Dublín, su ciudad natal. No tuvo una vida fácil, saturado de constantes ataques asmáticos, expulsiones escolares, y por si fuera poco, sus padres lo expulsaron de casa a los 16 años por sus manifestaciones homosexuales.

Esto no impidió el desarrollo personal y artístico de Bacon; al contrario, impulsó su carrera y su discurso como artista. Al inicio, sus obras no eran bien aceptadas, hecho que provocó en Bacon tal frustración que llegó a destruir algunas de ellas. Años más tarde, en 1944, al fin se enciende una luz: El tríptico ‘Tres estudios de figuras al pie de una crucifixión genera gran polémica y ruido en el mundo artístico. De esta forma, el artista comienza a ser reconocido gracias a uno de los cuadros más originales de la década.

 

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Parece ser que toda la obra de Bacon gira al rededor de una temática: La muerte en la vida y la vida en la muerte. Al artista le interesaba reflejar la figura humana expuesta y vulnerable, deformada y mutilada, con la finalidad de transmitir “la soledad, la violencia y la degradación”.

 

Bacon, Portrait of Lucian Freud 1965

 

Bacon tenía una personalidad única, desencajada, tormentosa, caprichosa y desordenada. Tanto sus relaciones amorosas como su vida fueron caóticas y pasionales. Amantes que se suicidaron, lejanos a si mismos, generaban relaciones tormentosas que solían reflejarse en sus cuadros. Incluso tuvo un amante que conoció cuando éste se metió a su estudio a robarle y “terminaron la noche acostándose juntos”, según relató el mismo artista.

 

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Sus obras fueron llamadas «asquerosos trozos de carne» por Margaret Thatcher; si bien pueden resultar grotescas, también son dadas a llamar la atención y provocar sentimientos -buenos o malos- en su espectador; sin embargo, también resultan intrigantes y conmovedoras, siempre posicionados en espacios cerrados, asfixiantes y desconcertantes. ¿Dónde acaba y empieza ese cuarto? No se sabe, no hay aparente salida.  El mismo taller de Bacon fue considerado como “una obra de arte en sí misma”, un espacio caótico, cerrado, sucio y volteado de cabeza. Dicen que había tanto desorden que el artista pisaba sus propias pinturas.

 

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 Francis Bacon tenía un objetivo muy claro. “Quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas; como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba”. Le interesaba plasmar el impacto, la huella la belleza y la violencia que se condensaban en un instante.

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El investigador Mario Akerman dijo en alguna ocasión:

“El arte de Bacon es inusual tanto por sus formas como por su contenido; complejo y contradictorio. Al igual que el artista que lo ejecutó, es [también] extraño, intenso y problemático; admirable y simultáneamente preocupante, ataca por sorpresa. Trabaja directamente sobre el “sistema nervioso” y abre “las válvulas del sentir”. Resulta tan magnético como repulsivo. Es auténtico pero también inquietante. Se muestra profundo y frívolo a la vez; atípico, quimérico, polivalente. Extremadamente sugestivo. Salvajemente humano” No puede haber mejor descripción.

Las obras de Bacon son un violento recordatorio de lo que somos, de la existencia efímera y de lo que posiblemente podemos llegar a convertirnos. Un crudo instante guardado en cuarto, que se difumina en el tiempo para no volver.

 

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