La fiesta de Nan Goldin #JuevesCultural

Las herramientas no son más que extensiones del cuerpo. Con el fin de facilitarnos la elaboración de tareas, cambiamos de una en otra en armonía natural. Las personas requieren diferentes herramientas que varían de acuerdo a sus necesidades: los matemáticos necesitan una calculadora, los artistas pinceles y los bomberos mangueras. Para Nan Goldin, tener una cámara cerca resulta en la satisfacción de su mayor necesidad.

 

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“La gente que aparece en mis fotos dice que estar con mi cámara es como estar conmigo. Es como si mi mano fuera una cámara. En la medida de lo posible, no quiero que haya ningún mecanismo entre el momento de fotografiar y yo. La cámara es parte de mi vida cotidiana, como hablar, comer o tener sexo. Para mí, el instante de fotografiar, en vez de crear distancia, es un momento de claridad y de conexión emocional. Existe la idea popular de que el fotógrafo es por naturaleza un voyeur, el último invitado a la fiesta. Pero yo no soy una colada; esta es mi fiesta. Esta es mi familia, mi historia”. 
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Desde la década de los 60, la fotógrafa estadounidense se dedicó a retratar la compartida cotidianidad que tenía con sus amigos. Para ella, ese grupo de personas era su familia. Devotos a la vida nocturna, con escenarios únicos e intrigantes los personajes ilustran con irremediable sinceridad la historia de sus vidas y la de Nan.

 

 

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Acostumbrados al constante disparo de la artista, la cámara no resultaba una herramienta intimidante para sus amigos. El tercer ojo de Nan logró registrar con naturalidad los momentos más privados. Sus fotografías no resultan en una mirada intrusa, sino en una extraña familiaridad. Son fotografías que tienen un valor para quienes forman parte de ellas, son personales e inmediatas.

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La fotógrafa siempre estaba disparando. Algunas de sus exitosas composiciones son obra de las sustancias y el azar. Cosas movidas y con oportunos accidentes resultan en fotografías únicas y propositivas. En su época, la academia había satanizado el arte de registrar la realidad a través de una cámara. Para resaltar con esta técnica en el ámbito artístico, había que crear algo sumamente diferente.

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Nan Goldin explora diferentes temáticas a lo largo de su carrera como fotógrafa, principalmente el concepto de la dependencia. Su grupo de amigos era conformado por relaciones interdependientes, entre ellos mismos o con la heroina y el alcohol. Eran adictos a las desafiantes situaciones que para ellos ya eran cotidianas. Algunos amigos transexuales de Nan murieron por contraer sida, otros por sus adicciones. Algunos llegaban y otros se iban, solo para regresar en un tiempo y descubrir que nada había cambiado.

 

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La misma fotógrafa se encontraba inmersa en una relación tanto intensa como tormentosa. Fue golpeada por su pareja y sufrió de violencia, pero en su mundo devoto a quebrantar los límites eso parecía algo normal. Ella y sus amigos buscaban una relación de sangre, pero los roles no estaban tan definidos. Se juntaban bajo la necesidad de tener una historia en común.

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“Durante algunos años estuve profundamente ligada a un hombre. Emocionalmente nos llevábamos bien, y la relación se volvió muy interdependiente. Usábamos los celos para inspirarnos pasión. El tenía un concepto de las relaciones basado en el idealismo romántico de James Dean y Roy Orbison. Yo anhelaba la dependencia, la adoración, la satisfacción, la seguridad, pero a veces sentía claustrofobia. Nos habíamos vuelto adictos a la cantidad de amor que la relación nos suministraba. Éramos una pareja.”

 

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Nan Goldin solía tener una hermana mayor, que se suicidó cuando la fotógrafa tenía apenas 11 años. En la etapa del duelo fue seducida por un hombre mayor, se obsesionó con sus nuevos deseos sexuales a pesar de sentir culpa. A los 18 años, Goldin comenzó a relacionarse con las personas que después llamaría su familia.  Uso la cámara como una extensión de sí misma, una herramienta de escape y de satisfacción. Fue hasta después de un cuarto de siglo que Nan Goldin descubrió porqué sentía tanta obsesión por registrar su propia vida. Quería, en algún lugar de sí misma, crear una biografía imposible para su muerta adoración.

 

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