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El regreso del cerdo volador: Pink Floyd y su nuevo álbum

Han pasado los años, en sus rostros, en sus manos, en sus músculos y apariencia, pero pareciera ser que el alma del músico nunca envejece. Este año, completamente decididos, los miembros activos de una de las bandas más emblemáticas de todos los tiempos, decidió reingresar al bastísimo mundo musical de hoy en día.

Cansados de ver a Roger Waters dando el mismo show desde 1980 (que de malo no tiene nada, pero se torna de cierta forma abusivo el hecho de no presentar nada nuevo en más de 30 años y desgastar un gran trabajo tanto auditivo como visual), las expectativas de un retorno por parte de Gilmour y compañía se hacían cada vez más grandes. Pero no fue hasta mediados de este año que en las redes sociales de todo el mundo se corrió la noticia: “Pink Floyd lanzará un nuevo álbum”.

Todo comenzó en las mismas grabaciones de la banda con ‘The Division Bell‘, entre el 93 y 94. La primicia era lanzar un álbum meramente ambiental, que principalmente llevaría el nombre de ‘The Big Spliff. Más de 20 horas de grabaciones entre Mason, Wright y Gilmour fueron archivadas. Hasta que, en 2012, Manzanera -a petición de Gilmour-, comenzó a trabajar con el material. Después de escuchar las eternas grabaciones, se metieron al estudio, rescataron lo mejor del producto bruto, regrabaron algunas partes, metieron guitarras, baterias, cuerdas, coros, sintetizadores y, con la tecnología de los estudios en la actualidad, Pink Floyd lanzó un álbum con el mismo espíritu de aquella etapa en los noventa, pero con la tecnología del siglo XXI.

Difícil elegir un nuevo sujeto que haga tu portada después de haber trabajado con el 90% de estas desde hace tantos años. Pero la muerte de Storm Thorgerson en 2013, fue el parteaguas para que la banda se pusiera a buscar un nuevo diseñador para su portada. La tecnología les ayudó en este paso y por medio de el sitio Behance, dieron con Ahmed Emad Eldin, un fan egipcio de la banda, quien aceptó con gusto trabajar el diseño. El equipo gráfico de la banda quedó contento con el trabajo, pues la imagen daba pie a muchas interpretaciones y tenía ese toque floydiano.

El nombre del álbum, que ya había sido mencionado por la banda en “High Hopes” de ‘The Division Bell‘ «The water flowing / The endless river / Forever and ever», es para ellos una continuación de éste último y una cierta manera de conectarlos, pues ambos fueron grabados en un principio en las mismas fechas y en los mismos estudios.

Pink Floyd ha regresado, con un álbum que muestra cierta tranquilidad que da la vejez, pero con el espíritu de los setenta; paisajes sonoros, que de momentos se tornan oscuros y en otros un tanto alborozados. A pesar de su edad, estos grandes músicos dejan un último material producido por ellos, con un sonido que sigue jovial, mozo, de una serenidad como lo escuchamos en ‘Meddle’ y con la vitalidad de cualquiera de sus otros álbumes. Tristemente no volveremos a ver a Pink Floyd en vivo, pero nos quedamos con un gran material en nuestras manos… o en nuestros dispositivos.

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